Aquel 30 de diciembre de 2004, cientos de jóvenes asistieron al boliche Cromañón de Once para ver tocar al grupo Callejeros. Eran 3000 las personas allí adentro, 3 veces más de lo permitido. Aquí los primeros culpables. Los encargados de seguridad quizás por decisión del gerenciador en conjunto con el grupo, dejaban pasar a todos. No revisaron si llevaban algún elemento pirotécnico, claramente prohibido. Y no hay que quitarle responsabilidad a los asistentes. ¿Cómo pueden concurrir a un recital con bebés y nenes pequeños y dejarlos en un baño al estilo pseudo guardería? ¿A quién se le ocurre semejante barbaridad? ¿A quién? Porque sinceramente no lo puedo entender. Es innegable la responsabilidad de los guardias de seguridad, pero es peor aún el hecho de que los padres no protejan a sus niños, que es su obligación y su derecho.
30 segundos después de comenzado el showde Callejeros, un inadaptado, prendió una bengala y en cuestión de milésimas, el techo comenzó a arder. La media sombra que debía protegerlos ante un siniestro, comenzó a despedir humo tóxico y a gotear fuego desde el techo. Aún se ven en las paredes los rastros del horror. Aquí otro culpable. Más allá de las claras irregularidades, él es el asesino. Una persona con una bengala mató a 200. Y nadie sabe quién es. No nos olvidemos de eso.
Por instinto, por miedo, por terror, por desesperación, las 3000 personas que había allí adentro buscaban un lugar por donde salir del infierno. A pesar de la señalización, el humo no dejaba ver las salidas de emergencia. Algunos llegaron, pero se encontraron con la sorpresa de que estaban cerradas con candado. ¿Adónde podían ir ahora? El aire era irrespirable, muchos comenzaban a sucumbir ante él. Cientos de zapatillas y banderas quedan aún en el piso del boliche, resultado de las corridas y pisotones, para lograr salir de allí. Otro culpable más. Si queremos tener un local ignífugo, ¿no deberíamos saber que no podemos usar un material que se “prenda fuego”?. Pero hay otro. Alguien bloqueó las salidas de emergencia para que nadie pudiera entrar al boliche “clandestinamente”. Ese pensamiento chato también mató a 194 personas. Son salidas de emergencia. Pero ante esta emergencia, no cumplieron su función. O mejor dicho, no las dejaron cumplir su función. Algo similar sucedió en el incendio de un supermercado en Paraguay. El hijo del dueño, sabiendo del incendio, ordenó cerrar todas las puertas para que nadie robara nada. ¿Tan inútil y desconsiderado se puede ser en ambos casos?
¿Más culpables? Sí. Los funcionarios públicos y policías que habilitaron Cromañón recibiendo coimas. De haber habido más control, probablemente esto no hubiera sucedido.
Y Callejeros. La Justicia no encontró pruebas para culparlos, excepto a su manager. Pero el fiscal de la causa apelará ya que cree que como banda, decidían “entre todos” y por tantos son coautores de la tragedia. Ante la lectura de su absolución, los familiares presentes afuera y adentro del recinto comenzaron a insultar los jueces, tildando el fallo de injusto.
Nadie fue un santo aquí. Ni víctimas ni victimarios. Porque repito, aún cuando haya habido miles de fallas de parte de todos (sigo recalcando que no se puede llevar a un bebé a un recital de rock), una persona, y sólo una persona, fue la que mató a otros 200. ¿Acaso no es él el máximo culpable?
Hoy, 7 años más tarde, aún queda el dolor de aquella fatídica noche. Hoy, algunos quizás puedan descansar en paz, y otros no tanto. Reflexionemos. Nunca es tarde para volver a empezar, pero que no se repita.
